Estas aquí para vivir, para ser feliz y para amar.


El dolor muchas veces activa en la mayoría de nosotros un reflejo casi automático: el de huir.


Había una vez un hombre que quería trascender su sufrimiento, de modo que se fue a un templo budista para encontrar a un maestro que lo ayudase. Se acercó a él, y le dijo:

“Maestro, si medito cuatro horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?”

El maestro le respondió:

“Si meditas cuatro horas al día, tal vez lo consigas dentro de diez años.”

El hombre, pensando en que podía hacer más, le dijo:

“Maestro, y si medito ocho horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?”

El maestro le miro y le respondió:

“Si meditas ocho horas al día, tal vez lo consigas dentro de veinte años.”

Desorientado, el hombre le preguntó:

Pero, ¿por qué tardaré más tiempo, si medito más?

El maestro le respondió:

“No estas aquí para sacrificar tu alegría ni tu vida. Estas aquí para vivir, para ser feliz y para amar. Si puedes alcanzar tu máximo nivel en dos horas, pero utilizas ocho, solo conseguirás agotarte, apartarte del verdadero sentido de la meditación y no disfrutar de tu vida. Haz lo máximo que puedas, y tal vez aprenderás que independientemente del tiempo que medites, puedes vivir, amar y ser feliz”.


Este, es uno de los fragmentos más bellos del libro Los Cuatro Acuerdos. Un mensaje bastante olvidado especialmente en estos tiempos de sobreabundancia de información y/o de herramientas de sanación.

Tantos caminos, tantos métodos, tantas promesas para llegar rápido a un lugar donde ya no duela, ya no cueste, ya no incomode.

Porque pareciera ser que el dolor activa en la mayoría de nosotros un reflejo casi automático: huir.

Queremos escapar de él, evadirlo o suprimirlo, haciendo que este se convierta en sufrimiento, en urgencia, en una búsqueda incesante de iluminación, de sanación, de respuestas inmediatas, de perseguir ese estado ideal en el que “todo ya está bien”. Como si el estar bien fuera un destino y no un gesto cotidiano.

Es justamente en el dolor —cuando dejamos de pelear con él— donde se abre otra posibilidad.

No la de desaparecerlo, sino la de habitarlo con presencia.

Ahí, en ese espacio incómodo y honesto, uno puede hacer lo máximo con lo que tiene hoy, no con lo que debería tener mañana.

El dolor no pide soluciones rápidas ni escapatorias espirituales; pide escucha, lentitud, suavidad, paciencia, humanidad.

Estas cualidades, no van de la mano con una sociedad organizada en tiempo igual a productividad y ganancia. Donde el dolor, pareciera ser visto como una desventaja, “o un dejarnos afuera de la cancha”, pero en realidad, es una invitación profunda del alma a re-significar nuestro camino y volver a una de las condiciones mas humanas que nos une como seres humanos.

Pide que no nos ahoguemos en la fantasía de todo el tiempo de vida que sentimos arrebatado, sino que volvamos a este instante, imperfecto pero real.

A veces sanar no es correr hacia la luz, sino aprender a permanecer —con dignidad y ternura— en la sombra que nos toca atravesar.

Previous
Previous

El impacto de la meditación Metta en el corazón y el cuerpo: ciencia, neuroplasticidad y reprogramación emocional.

Next
Next

The failure of the intellect: a pathway to illness.