La trampa del sobre–vivir

Todo parecía una película mal editada.

El ruido llegaba antes que yo.

Los autos.
Las voces.
Las expectativas.
La casa.
La terapia.

Era el mundo entero pidiéndome algo
mientras yo apenas podía sostenerme.

Había días en los que caminaba
como si las paredes fueran el único lugar capaz de contenerme.

Un cuerpo desplomándose.
Hambriento de descanso.
Intentando sobrevivir al ruido
con pequeñas anestesias disfrazadas de rutina.

Entonces aprendí a hacer

A hacer más.
A controlar más.
A perfeccionar más.

Como si algún día,
en algún rincón invisible del esfuerzo,
eso que habitaba dentro de mí
fuera finalmente a soltarse.

Pero mi mente…
Mi mente sí que sabía disfrazar el vacío.

Lo llenaba de personas.
De comida.
De control.
De asistencia perfecta.
De trabajo.
De promesas.

Me convencía de que sobrevivir era aferrarme.

Aferrarme a planes heroicos de longevidad.
A detox.
A funcionalidad.
A medicina.
A años y años de terapia sin salida.
A silencios que me tragaban la lengua.
A crear un mundo interno tan grande
que me permitia no sentir el vacío.

Aferrarme para preservarme.

Como si mi cuerpo fuera una especie 
en conserva.

Con la sensación constante
de nunca estar lista para vivir.

Y ante tanta preservación,
empecé a volverme inmune
.

Inmune a los demás.
A relacionarme.
A exponerme.

A ser lo que vine a ser en este mundo:

Humana. Vulnerable.

Dotada de una inteligencia
que demasiadas veces desperdicié intentando controlar con mi ego.

Controlar la vida.
Controlar lo que yo tocaba.
Controlar todo aquello que me tocaba.

Y sin darme cuenta,
terminé confundiendo mis heridas
con mi identidad.

Creí que si soltaba ese personaje construido por mi mente
comenzaría a mentirme.

Pero la verdad es que la mentira comenzó mucho antes.

El día que callé el dolor.
El día que dejé de hacer duelo por sentir, por estar viva.
El día que escondí aquello que me rompía
para convertirme en mi propia heroína.

La heroína que siempre salva.
La que siempre sostiene.
La que cree que sanar significa arreglarse
incluso cuando no hay nada roto.

Pero la vida…
Ja! La vida tiene una forma extraña de insistir.

Me rompió los planes.
Me desarmó los personajes.
Me dejó sin armaduras.

Para que un dia entendiera algo:
Nunca necesité salvarme.

No necesitaba convertirme en alguien más.
Ni borrar mi pasado o cambiar mi historia.
Ni volverme invencible.
Ni cargar con todos los superpoderes
para merecer por fin, descanso.

Tal vez lo que más necesitaba era
dejar de sostener tanto.

Derrumbarme.

Caer sin pelear con la caída.

Llegar a ese lugar silencioso.
A ese punto cero
donde ya no (me) tenía que demostrar nada.

Donde, por fin,
al rendirme ante la vida,
mi cuerpo dejó de pedir permiso para existir.

Y yo…
simplemente,

comencé a vivir, en un cuerpo merecedor de habitar.

Esto se convirtió mi propósito.

Luego de años de aprender a leer cada nervio de mi sistema
Cada nudo en la garganta
Cada indigestion sentida
Cada dolor de cadera
Cada desorden de mi psiquis,
Creada por una desatención a mi alma.

Me volví un recordatorio:

ser un alma para un ser humano.

Next
Next

Before Contact: On Learning to Be in Touch with Ourselves.