Relato de un lienzo en blanco
En mi última transmisión de reiki, pedí guía para adentrarme en este lienzo en blanco en el que me encuentro hoy.
Y mientras escribo esto, me doy cuenta de que quizás llevo toda una vida preparándome para habitarlo.
Mudé de pieles desde que tengo uso de memoria.
A lo largo de mi vida me volví una catalizadora de cambios, una alquimista de mis dolores.
Aprendí a transformar.
A reconstruirme.
A encontrar luz en los lugares más oscuros.
Pero un verdadero lienzo en blanco no aparece cuando algo empieza.
Aparece cuando algo termina.
Es la consecuencia de que un cuadro ya fue pintado.
De que un proceso creativo llegó a su fin.
De energía dirigida hacia afuera luego de ser transmutada en el interior.
De conversaciones extensas con eso sutil, que la mente no logra entender pero el alma le da riendas.
El día que pisé Bali, una vez mas, no traje nada más que a mí misma.
Ni planes.
Ni certezas.
Ni una estructura clara de lo que venía.
Solo el deseo profundo de que una energía interior encontrara su resonancia.
Y hoy, hasta mi casa se parece a un lienzo en blanco, mirando al horizonte verde.
Es curioso.
Porque solemos hablar mucho de cambios y transformaciones… Pero poco hablamos de lo que sucede después.
De ese espacio que aparece cuando el movimiento se aquieta.
Cuando la tormenta ya pasó.
Cuando la vida dejó de empujarte.
Porque el lienzo en blanco es justamente eso: lo que aparece después de saltar al vacío.
Después de que la vida te atragantó de preguntas, miedos y transformaciones, internas y externas.
Después de quedarte atrapada en bucles de pensamiento que parecían no tener salida.
Después de que te obligó a soltar una y otra vez.
Y a confiar, en el plan divino de tu alma,
una vez más.
No muchos se atreven a llegar a ese lugar.
Al punto cero de su ser.
Porque para la mente significa resignar.
Perder.
Descontrolarse.
“Dejar de ser”
Cuando en realidad, hay algo mas real y crudo tejiendose, que la mente jamas va a poder entender:
amar lo profundo, incierto e infinito de nuestro ser en medio de un sinfín blanco.
Significa:
Perdonar.
Soltar.
Vulnerabilizarse.
Frenar.
Y quizás lo más desafiante de todo: dejar de buscar.
Y cuando dejas de buscar, reconoces por fin, lo que tenes en tus manos:
Los pinceles y las pinturas con los que queres pintar.
(Y quizás siempre estuvieron allí).
Solo que durante mucho tiempo pasamos ocupados sobreviviendo, reconstruyéndonos o transformándonos como para reconocerlos.
Por eso, en este momento, el lienzo en blanco se siente distinto.
No porque tenga más respuestas.
No porque finalmente haya llegado a algún lugar.
Sino porque hay un sentido de pertenencia a mí misma que antes no conocía.
Y quizás eso es lo que más me sorprende: no siento urgencia.
No siento que tenga que correr detrás de la próxima versión de mí misma.
El lienzo en blanco no me provoca un hacer más.
El lienzo en blanco, hoy en mi vida, representa un suspiro.
Un vacío dulce.
Un silencio amable.
Un momento de silencio conmigo misma y de integración por los años transcurridos.
Es una palmada en la espalda después de un largo viaje.
Ocho años recorriendo el mundo entre India, Indonesia, España, Egipto, Argentina, Australia, Tailandia y Emiratos Árabes; volviéndome habitante de lo transitorio, transeúnte entre aeropuertos, casas y culturas, como quien deja que la vida la cambie de paisaje cuando el alma ya terminó de aprender lo que vino a buscar.
Siete años desnudando mi verdad.
Reconociendo una paz profunda dentro de mí mientras atravesaba, al mismo tiempo, las capas más vulnerables de mi propia humanidad.
Cinco años al servicio de un propósito más grande de lo que alguna vez imaginé… Y cinco años haciéndome la misma pregunta una y otra vez:
¿Cómo hago para no explicar lo que sé, sino transmitir lo que soy, para que quien se cruce en mi camino recuerde algo de sí mismo?
Miedos.
Resbalones.
Soledades.
Caídas.
Levantadas.
Así se siente cuando lo que haces nace de un lugar auténtico.
Cuando lo que compartes no es una estrategia.
Es tu vida.
Y sí.
La vida me ha dotado de una energía catalizadora de la que muchas veces no puedo escapar.
Pero sí puedo domesticar.
Y entre lagrimas puedo decir, que ahora entiendo lo que una vez me enseño El Principito.
“Es el tiempo que has dedicado a tu rosa lo que hace que tu rosa sea tan importante”.
Y esa rosa, puede ser una relacion o un vinculo con un otro, pero también el vinculo con uno mismo. La dedicación, la paciencia, la presencia y la compasión que nos tenemos.
Y quizás por eso este momento tiene tanto valor para mí, y lo quiero compartir contigo.
Porque por primera vez en mucho tiempo no siento que esté atravesando una transformación.
Siento que estoy habitando sus frutos.
Este lienzo en blanco no se siente vacío.
Se siente espacioso.
No se siente incierto.
Se siente abierto.
No se siente como una ausencia.
Se siente como una presencia: la mía.
Me refleja el sentido de una fortaleza.
Mi fortaleza.
No una fortaleza construida para defenderse, ni para separarse.
Sino una fortaleza con una muralla dócil y permeable.
Que cuida.
Que sostiene.
Que contiene.
Pero que no divide.
Porque entiende que la verdadera fortaleza no está en cerrarse.
Sino en permanecer abierta sin perderse a sí misma.
Este no es el final. Claro que no.
Es simplemente un nuevo comienzo.
Solo que esta vez no nace de la urgencia de convertirme en alguien más.
Nace de la tranquilidad de haber regresado a mí.

